Nueva York, Los Ángeles, Miami o Chicago. Estos son los primeros nombres que me vienen a la mente cuando planeo un viaje a los Estados Unidos. Estas son sin duda ciudades legendarias, lugares de culto, los clásicos lugares que todo el mundo debería ver al menos una vez en su vida.
Y sin embargo, los Estados Unidos, sin límites y grabados en nuestra memoria por la sabia mano de docenas de famosos cineastas y fotógrafos, es la cuna de muchos otros lugares, quizás menos convencionales, pero igual de extraordinarios.
Este es el caso de Nueva Inglaterra, una vasta región en el extremo oriental de los Estados Unidos que incluye Maine, New Hampshire, Massachusetts, Vermont, Connecticut y Rhode Island. Suspendido entre el océano y las cordilleras, este legendario país ofrece algunos de los paisajes más fascinantes de América del Norte, especialmente en el otoño.
Las laderas de sus montañas están coloreadas en rojo, amarillo y naranja, las verdes colinas suavizan la transición hacia la salvaje y escarpada costa, que se ha hecho famosa por sus famosos faros, que destacan sobre las salvajes olas del Océano Atlántico.